Víctima del sistema

In Motivación

Quiero tener mi propio dinero, quiero ser independiente, quiero vivir solo. No había otra cosa más que un joven de 15 años podía pedir. Entre las tareas escolares, asignaciones, deportes y una vida social, sólo pensaba en la oportunidad de ser independiente. Es que pedir dinero a mis padres para mí era difícil, pero lo que más quería era  salir con mis compañeros y disfrutar de una noche en el cine, comer y jugar, que no me importaba pedirlo y tener que decir o hacer lo que me pidan para obtenerlo. Las reglas eran muy simples, saca buenas notas, hazle caso a tus profesores y mantén tu cuarto limpio, como todos los padres que desean una buena base educativa para sus hijos.

No fue tan simple, pasé muchos problemas en el colegio por mi comportamiento inquieto, por incitar a mis compañeros al desorden y contestarles a mis profesores, en teoría, hacía todo lo contrario a lo que me decían. Así es, imaginen un grado más de dificultad cuando quería salir con mis amigos, necesitaba dinero y mi madre era llamada del colegio a recibir quejas. Pude salirme con la mía muchas veces tratando de argumentar y restarle fundamento a las quejas que recibía ella, pero no podría evitar pensar lo mucho que quería evitar depender de las personas.

Cuando tenía 16 años, cursando décimo grado, tuve mi primer empleo. Estaba muy feliz con la idea de poder ganar mi dinero trabajando después de la escuela y evitar ese problema que para mí era tener que depender de otros para mis gastos. Pude convencer a la madre de un amigo para que me brindara una cualquier oportunidad en su compañía, era muy buena idea ya que quedaba cerca de la escuela y podía ir caminando después de clases. Tenía tantas ganas de trabajar que si me daban una escoba no tendría problemas en barrer.

Era un ayudante general para la empresa, hacía lo que me pidieran con una sonrisa en el rostro. Desde redactar un documento hasta picar miles de archivos en cajas, con una picadora pequeña.

Para mi suerte, llegó un momento en donde la necesidad de picar archivos sensitivos de la empresa se volvió recurrente, ya llegaba después del colegio a sentarme en una oficina con 6 cajas llenas de archivos viejos todos los días, y era lo mismo, picar y picar. Eran 90 dólares que recibía a la semana por hacer lo mismo. Traté siempre de llevarme bien con todos, ver donde podía ayudar y que podía aprender. Lo único que quería evitar era ese molesto sonido de la picadora durante horas, que lo único que hacía que mis tantas ganas de trabajar se desvanecieran.

Me acuerdo que la regla era muy clara, sólo meter página por página a la picadora para evitar sobrecargarla; nunca fue cierto. En mi afán por terminar y pedir algo más que hacer, metía 10 a 15 papeles juntos, hasta con folders y clips en la picadora ocasionando muchas veces desperfectos y cortes eléctricos.

Fue la misma rutina durante 3 meses cuando llegó el día que decidí aspirar a otro puesto y no recibí la respuesta esperada, ocasionando mi renuncia al tan anhelado trabajo. Es que ya no me importaba el dinero si lo que tenía que hacer para tenerlo, iba en contra de mis deseos. Recuerdo que la madre de mi amigo me decía: “primero se empieza de abajo, se adquiere disciplina y experiencia para escalar a mejores oportunidades“. Muy atinadas palabras de una mujer empresaria que para mí era un modelo a seguir. Pero lo único que ya yo no quería hacer era picar papel, no soportaba un día más sentado frente a una picadora.

Recuerdo un paseo familiar a nivel internacional, fuimos a donde un tío que es un emprendedor, al escucharlo hablar de temas de negocios, siempre me motivaba y pensaba que quería llegar a ser un emprendedor también. Escuchaba sus historias de cuando era un joven y vendía cualquier cosa a quien sea para recibir dinero durante el colegio, sólo pensaba en como pudo lograrlo para yo también hacerlo. En una de esas charlas me miró a los ojos y me retó de una forma muy directa diciéndome “la próxima vez que nos veamos debes tener un negocio“. Desde ese momento ya en mi mente rondaban muchas preguntas, “¿Qué negocio voy a tener'”, “¿Cómo puedo iniciar?”, “Cuándo” y ¿Dónde?

Continué mis últimos años de colegio pensando en qué tipo de negocio iba a poner y cómo podía conseguir el capital con mis propias manos sin tener que pedir favores.

Me matriculé en la mañana al iniciar la universidad, no tenía problemas con levantarme temprano y tenía muchas ganas por iniciar esa nueva etapa en la universidad. Conocía a varias personas del colegio, ya para ese tiempo habían cada vez más salidas, por ende, más gastos. Yo tenía una vida social activa y si quería mantenerla, estaba claro que necesitaba trabajar para generar mis propios recursos. Decidí armar una hoja de vida y repartirla hasta conseguir una oportunidad, que después de varios anuncios pude conseguir en un call center, con una buena paga. Para poder trabajar, tuve que cambiarme al horario nocturno de universidad y organizarme para ir después del trabajo.

Aquí es donde mi vida empezó a cambiar…

 

 

Tienes que estudiar para ser alguien en la vida“, “Tienes que conseguir un buen trabajo que te permita tener una buena familia“, “Tienes que ahorrar para poder comprarte cosas que quieres”, crecí escuchando estas palabras que para mí tenían mucha lógica. Estudiar te hace competente, un trabajo te hace estable e independiente para hacer con tu tiempo lo que quieras, estaba muy claro en todo esto.

De lunes a sábado la historia era una sola, levantarse en la madrugada, bañarse con agua fría, desayunar apresurado para que alcance el tiempo, muchas veces sin tener hambre pero sabiendo que no podría desayunar en otro lado por qué llegaría tarde al trabajo.

Alarma tras alarma, mañana tras mañana. No había ninguna novedad en el día a día, no sentía ninguna emoción. El tráfico era el mismo, unas veces mas fluido que otras, la gente es la misma y las actividades eran las mismas. Llegar temprano, marcar asistencia al llegar, contestar llamadas, marcar para salir a almorzar, marcar al regresar, continuar con las llamadas mientras contaba los minutos para salir corriendo de ahí. Todos mis compañeros decían lo mismo, no les gustaba lo que hacían pero tenían compromisos económicos que no les permitían darse el lujo de renunciar o no trabajar. Había que alimentarse, habían deudas que pagar, había familia que mantener, habían gustos que darse, todo giraba en torno a lo mismo. Sabía que tenía que continuar trabajando para mantenerme, sabía que era mejor ser paciente que no tener nada.

 

 

“A mal tiempo buena cara”. Esas palabras me hicieron ser paciente durante mucho tiempo. Me sentía un robot, siguiendo estricto orden, contestando llamadas sin moverme del puesto y cumplir las métricas base. Era lo mismo día tras día, mis compañeros se quejaban, siempre está uno que quiere irse, pero regresamos al punto de que hay compromisos que afrontar y el no trabajar es un lujo inalcanzable hoy en día.

Estoy de acuerdo que hay que producir, lo que no comparto es ser víctima del sistema, un esclavo, un hamster moviendo la rueda; Ciertamente es lo que yo sentía al hacer una actividad que no me llena, no me gusta, no es de mi interés, ¿Cómo hacer todos los días algo que no te apasiona?, ¿Vale la pena aferrarse al sistema en esas condiciones?

Cómo poder mezclar una vida social, compromisos académicos, el trabajo, los deportes y el deseo de querer emprender, ¿Cómo sacar el tiempo para construir el futuro?, ¿Estoy trabajando para ganar dinero, o el tiempo que invierto es lo que vale el dinero?, ¿Cómo construir una vida cuando no tengo tiempo para pensarla?

Es cierto que estamos presenciando una cultura cada vez más conformista, orientada a la ley del menor esfuerzo. Es cierto que dar un paso adicional, o salir de nuestra zona de confort cada vez se piensa más. ¿y qué gano yo?, basamos nuestro esfuerzo según la retribución.
¡Esto no es lo mio! Ya estaba muy claro en ese momento, mientras escucho el sonido de las llamadas entrando, mis compañeros rechazando llamadas y el estrés de los supervisores tratando de controlar las diferentes situaciones dentro del gaje de los oficios.

Aproveché unos minutos libres en la tarde para investigar, enviar CV a otros lugares mientras buscaba algún negocio que realizar para obtener mis propios ingresos. Siempre tuve ideas, pero hasta ese momento no tenía forma de conectarlas o ponerlas en práctica. Quiero ser Emprendedor, o mejor dicho, Necesito Emprender; cada vez me acercaba más a mi verdadera vocación. Las ganas estaban, lo que faltaba era un plan y los recursos.

Todas las tardes luego de salir de labores, a montar el auto y recibir la dosis diaria de tráfico; lo que pensaba era en una señal, algo que me alejará de la realidad de invertir tiempo en algo que ya sentía que no había más por aprender o experimentar.

Aquí es donde empecé a ver el trabajo como un salto al mundo de los negocios, entendiendo como se manejan los bancos, cuotas de seguro, cartas de referencia y el poder adquisitivo. Y era hora, tenía que buscar algo mejor antes de llegar a mi límite de tolerancia. Parte del temor era que no quería llegar a una deuda estando aquí, no podía imaginar amanecer con el sonido una alarma y lo que me mueva sea en vez de pasión sea un compromiso monetario que afrontar. Después de haberme dormido en la madrugada terminando tareas, investigando sobre ideas, haciendo vida social, no era la mejor opción en ese momento.

He escuchado varias veces la frase “Cuando toca, toca“, y comparto la lógica; cuando es necesario hay que tomar decisiones y afrontar consecuencias, pero en mi caso es sencillo, lo haces o no, das el paso o no lo haces, te arriesgas o te quedas. Siempre hay una opción para no ser víctima del sistema.